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Los amores perdidos
Los amores perdidos

Historia y conquista, conocimiento y dogma interesado

Historia y conquista, conocimiento y dogma interesado

Historia y conquista, conocimiento y dogma interesado

Historia, conquista, conocimiento y dogma interesado

Algunos queridos amigos mexicanos se han sentido ofendidos porque publiqué un simple comentario, al hilo de la mala ocurrencia de su actual presidente, López Obrador, sobre unos supuestos agravios cometidos por mí, por mi madre, mi abuela, y un tío abuelo de ella que murió de paperas. No tengo otro modo de hacerlo que acudir a la verdad de los acontecimientos. Los que cuenta la Historia. Como en esto hay mucho escrito y documentado, no caben dudas.

Historia, conquista, conocimiento y dogma interesado

La humanidad que salió de los antiguos territorios de Eurasia y llegó a América, a través del estrecho de Bering, hace entre 30.000 y 20.000 años, se distinguía ya, genética y culturalmente de la que dejó atrás, cuando llegaron a ellos los europeos, hace 500 años. No eran individuos de ahora, eran  de su tiempo, con lo que tenían de bueno y de malo. Aventureros, muertos de hambre, muchos obligados a embarcarse para eludir penas de muerte o condenas en galeras. Esos hijos de mala madre, locos, iluminados, aventureros o santos (que también los hubo), se encuentran con los que estaban allí. Aquellos tampoco eran angelitos del cielo, ni aquello era el paraíso bíblico.

Tras el primer encontronazo, en lo que es mejor no imaginar qué sucedió de verdad, las coronas de Castilla y Aragón, que todavía no eran España, hacen súbditos suyos a los que allí estaban. Esto es, protegidos pero también obligados como súbditos. Como creían, de buena fe según su entendimiento, que el cristianismo era un bien absoluto, tras dilucidar en arduos debates si los seres que allí encontraron eran personas o no, concluyeron que eran seres espirituales, es decir, tenían alma y eran conscientes del bien y del mal. Entonces, de buena fe, porque creían que les entregaban su bien más preciado, los bautizaron y los hicieron cristianos. Iguales ante Dios.

Unos y otros eran gente de su época. Buenos y malos, de un lado y del otro. Los que llegaron no pusieron nada que no tuvieran aquí. Las mismas leyes, las mismas instituciones, sin mucha diferencia por el origen de unos o de otros. Hubo alcaldes llegados de Europa, pero también los hubo criollos y los hubo indígenas. Porque indígenas los hubo clérigos, maestros, escribanos, pintores, gente de letras, de milicia, los hubo incluso nobles con sus títulos. Algunos llegaron a la península y se les llamaba indianos y más como condición honrosa que peyorativa.
A principios del XIX, tras la expulsión del ejército napoleónico, se redacta en Cádiz una constitución para España, seguramente las más avanzada del mundo, que habla, como siempre se hizo desde los tiempos de Hernán Cortés, de los “españoles de ambos hemisferios”, en pie de igualdad. Como siempre durante trescientos años, con sus libertades, sus derechos y también obligados al pago de impuestos.

Pero los dirigentes de aquellos españoles de las Américas, criollos casi todos, vieron en esa constitución una notable pérdida de los privilegios que disfrutaban sobre las poblaciones netamente indígenas. No lo podían permitir. Hicieron sus guerras de independencia aprovechando el momento histórico: la debilidad de la corona española tras la guerra contra los franceses y  la independencia de las antiguas colonias británicas en los territorios de lo que eran ya los EEUU. Como ya sabemos, todo terminó como el rosario de la aurora.

Parece de chiste que el detonante de todo fue que aquellas colonias de la corona británica en los territorios de EEUU, hicieron su guerra porque no conseguían lo que disfrutaban los territorios americanos bajo la corona española.

Para los pueblos indígenas no cambió ni la mano que empuñaba el látigo. Lo único que notó fue que antes lo maltrataban en nombre de un rey al que no conocía y ahora lo maltrataban en nombre de un milico, emperifollado con otros colores recién inventados, a quien tampoco conocía. Lo nuevos debían cargarse de ‘razones’ para que el pueblo no se les volviese en contra. Les vino al pelo la leyenda negra, urdida contra la España católica por los holandeses, engordada por británicos y protestantes, para echar la culpa de todo cuanto sucedía a la antigua potencia, que era de todos, también de aquellos pueblos. De tal manera que desde entonces hasta hoy los españoles hemos sido culpables del hambre, la miseria, del mal tiempo, sequías, terremotos, erupciones, de los  mosquitos del Orinoco  y hasta de la mala calidad de los años de la que se quejaba Úrsula Iguarán.

Ahora, doscientos años después, los hijos de los que allí quedaron, los que hicieron aquellas guerras de independencia, los que aquel día, antes durante y después de aquello, mantuvieron a los indígenas en las condiciones infrahumanas que todavía hoy se ven, vienen a exigirnos a los hijos de los de aquí, que nada tuvimos que ver con aquello, que pidamos perdón por lo que hicieron sus antepasados. Ojo, sus antepasados, los de ellos; que los nuestros no, que, como es obvio, se quedaron aquí. Todavía hoy, un sátrapa de por allí, sin dos dedos de frente, que tiene muerto de hambre, sojuzgado y esquilmado a todo un pueblo, en cuanto la cosa se le tuerce arremete contra España venga a cuento o no. Como España lo aguanta todo y sale gratis.

Esta exigencia de López Obrador de que España pida perdón por no se sabe bien qué ilusorios abusos, que pretende ser astuta pero que es en realidad de una supina torpeza para su propia causa, intenta, como siempre desde hace doscientos años, desviar la atención de los males que aquejan a su población . En lugar de dar casas, enseñanza, educación y protección a aquellos pueblos que languidecen y mueren en la miseria, se le exige a España que pida perdón por lo que sus antepasados, los de ellos, los que allí se fueron y allí quedaron, hicieron o se inventaron que hicieron los que aquí estaban, que nada tuvieron que ver porque bastante tenían con sus problemas.

López Obrador ya lleva unos meses en el poder. Le deseo toda la suerte en dar con los causantes de tantas mujeres desaparecidas y muertas en México. Seguro que pronto nos dirá quiénes fueron los responsables. Y le deseamos todo el acierto en acabar con el narcotráfico, con los policías vendidos al mejor postor, con la lucha contra la violencia de las calles y en la elaboración de un plan con fondos suficientes para sacar del atraso secular a los indígenas que no llegan a la atención más elemental que un ser humano debe tener. Cuando llegue ese día, que mis amigos de México no tengan duda de que haré público mi aplauso a López Obrador, y, si pudiera, lo votaría.

Tres profesores de Historia, mexicanos todos, nos lo aclaran.
Sigue un programa de radio en el que el hispanista  Patricio Lons nos lo aclara todavía más con datos económicos.

 

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