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Los amores perdidos
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Tal como éramos aquel mayo del 68

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Tal como éramos aquel mayo del 68

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Tal como éramos aquel mayo del 68

En este repaso de artículos del año pasado, este tuvo su razón de ser porque el anterior, al que ahora he titulado ‘Delicia culinaria con poderes diuréticos’, provocó una sombra, como una zona triste y gris. Al recordarlo este año, esa zona de pesar, se ha repetido, lo que me ha hecho vigente esta segunda parte del artículo. “Tal como éramos aquel mayo del 68”. Si el año pasado desaparecieron un par de los amigos de Facebook, este año lo que sucedió es que nadie, ni siquiera los más habituales, pusieron su habitual pulgarcito. ¿Casualidad?, no lo creo. Es decir que este artículo sigue vigente  y es tan pertinente hoy como lo fue el año pasado.

Todo porque la caricatura de un preservativo en la imagen parece haber confundido a algunos que imaginaron un contenido distinto del que tiene. Sin embargo, el que sí tiene, el de la pobreza intelectual en que vivíamos, ha vuelto a ponerse de relieve, justo por esa viñeta que cuento. Es posible que todavía hoy, nietos de nuestros abuelos, hijos de nuestros padres, criados a imagen y semejanza de ellos, sigamos siendo tal como éramos aquel mayo del 68.

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

Lo que sucedió al hombre del relato, que se ve sojuzgado por desconocidos y teniendo que explicar las circunstancias que su mujer y él comparten en la cama, vivía una escena demasiado común. Allí nos hacían creer que nos asistía el derecho de husmear bajo las faldas de cualquiera, que teníamos la potestad para escarnecer en la vía pública a quien fuese acusado de inmoralidad, a inmolar en la plaza a quien se apartara del camino de rectitud que los instalados en el poder concebían para lo demás, nunca para ellos. Aquella inmoralidad que fue sólo delito de pobres y de mujeres, alcanzaba sólo al ámbito de lo sexual. Delito sólo de pobres puesto que el rico podía ser pederasta, violador de criadas, pervertidor de menores o cualquier otro imaginable, sin que sus actos llegaran casi nunca a ser causa para la justicia. Como delitos de pobres eran también los delitos comunes, el pobre podía verse en la cárcel con la sola acusación sin prueba de haber robado un pan, en tanto que el rico podía robar, corromper y corromperse, prestar con usura, prevaricar, traficar, estafar. Tenía incluso la impunidad de matar a la esposa con la excusa de los celos, la sospecha del adulterio, o la falta de aquella moralidad que les era exigible sólo a ellas, porque en el caso de los varones ni siquiera se contemplaba como hecho punible.

Tenían todo el viento a favor, incluyendo el de la Historia, escrita a su conveniencia. Erradicaron de la faz del mundo, de su mundo con minúsculas, a todo aquel capaz de pensar que una sociedad más justa y mejor era posible y estaba a nuestro alcance, que nos faltaban escuelas y universidades, que teníamos demasiadas iglesias y demasiados conventos, que no necesitábamos tanto ejército para tan escaso y desinteresado enemigo, que jamas se ha vencido en una batalla sin haber creado el monstruo de un enemigo irreconciliable. Que cuando has impuesto a tu vecino la idea de patria que a ti te complace, él te excluirá de la que considera suya.

Fue hace mucho tiempo, sin embargo, aquí estoy esta tarde, sin terminar de creerme que una simple caricatura de un preservativo, hoy, después del Sida y del Zika, de la pastilla, de la ligadura de trompas y la vasectomía, del porno por Internet y del tele excremento, pueda indisponer a nadie. Una imagen como preámbulo de un relato que si algo tiene además de su comicidad, no es otra cosa ternura.

Tal vez sea eso, que aquellos nos cortaron tanto las alas, que nunca seremos más que tal como éramos aquel mayo del 68.

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