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Los amores perdidos
Los amores perdidos

Reflejos de amor en una mirada ausente

Reflejos de amor en una mirada ausente

Reflejos de amor en una mirada ausente

Reflejos de amor en una mirada ausente

(974 palabras a partir de aquí:)

Arístides Mora fue el novio en la boda de la mujer a la que amaba, pero lo fue en representación de un desconocido. Era profesor universitario de matemáticas y a sus treinta y dos años estaba ya reputado por logros académicos sólo al alcance de mentes escogidas. Acostumbrado a observar los tránsitos del mundo desde su singular perspectiva, Arístides Mora creía que el amor es apenas la vaga ilusión con que la vida nos enreda el instinto, en su afán de perpetuarnos como especie. Pensaba que de no olvidar jamás esta elemental premisa era bueno para una tarde de aventura o unos días de solaz. Incluso aceptaba que el caso más grave de aquello que llamamos amor es un muelle eficaz para la convivencia, útil siempre que estuviese bajo control, nunca desatado y libre, alimentándose y creciendo al extremo de que un día pudiera hacer sufrir por su causa. Arístides Mora lo creyó hasta el minuto en que ella apareció en su vida.

Reflejos de amor en una mirada ausente

Reflejos de amor en una mirada ausente

Otro profesor, que tuvo algo con ella, lo comprometió para que la ayudara con algunas clases particulares. Ella acudió la primera vez con diez minutos de retraso y él esperaba dispuesto a reprenderla, pero al primer vistazo se le disipó la intención. Un poco excesiva, hermosa, femenina y espontánea, a sus veintiséis años vivía extraviada en el laberinto de sus propios impulsos. Tenía la inteligencia bien afilada para el logro de sus fines, pero era de un candor y un desacierto en la elección de los propósitos que inspiraba lástima. Con el enfado, que se le quedó sin causa en el primer minuto, a Arístides Mora se le esfumaron las simplezas sobre el amor y la vida, y se le desbarató la placidez de una soltería que gracias a su cristalina concepción de las cosas creía a salvo de tropiezos mundanos. Ya no vivió ni un minuto que de una forma u otra no estuviese dedicado a ella.

Comenzó dedicándole más tiempo del requerido para las clases particulares, extendió la ayuda a otras asignaturas, en sus paseos se adentraba por itinerarios donde presentía que podría encontrarla, por el efímero minuto del saludo. Muy pronto fue el anhelo de la hora de clases, la desolación con cualquier circunstancia que obligara a cancelarlas, la inquietud en el caso frecuente de que llegara con retraso, la desesperación de los fines de semana o las vacaciones en que se ausentaba de la ciudad durante varios días, transformada en felicidad con el retorno. Rugiendo de celos y dolor por las continuos devaneos de los que ella lo mantenía más informado de lo que él deseaba. Siempre en su papel de tutor y amigo, callado, inmóvil en la fingida lejanía, parapetado tras la falsa altivez que le daba apariencia de invulnerabilidad, consiguió que ella aprobara las dos asignaturas que daba por imposibles y que encaminara con holgura el siguiente curso, de cuya matrícula él sufragó una importante cantidad.

Dos episodios de extraordinaria fealdad convirtieron el trato de amistad en alianza indisoluble. Cenaba con conocidos de la facultad en una terraza, la vio por el paseo de la playa en disputa con un tipejo que la agarró del pelo y la abofeteó. Apenas la rozó con la punta de los dedos, pero Arístides Mora, a quien nadie le había oído pronunciar ni una palabra de más, se excusó, se fue hasta el otro y le propinó un puñetazo que lo dejó inconsciente sobre el embaldosado. Se saldó con un juicio de faltas, varios días de servicios sociales y unas órdenes de alejamiento. El peor episodio fue la tragedia de una operación de aborto, a la que él la acompañó y que pagó en dinero contante, sin hacerle una pregunta y sin separarse de ella los días que pasó maltrecha de las entrañas y del alma.

De modo que lo pilló desprevenido:

—¿Te casarías conmigo?

Por unos segundos Arístides Mora perdió el temple.

—¡Por supuesto! —balbuceó, deseando que tal cosa fuese posible.

—No de verdad, claro —precisó ella.

—¡Ah!, ¿no?

—No, tonto. ¿Te imaginas qué pareja haríamos? Te necesito como testigo. Voy a casarme por poder. Es una boda de papeleos, muy fea. Las amigas quieren celebrarlo, pero sin novio quedaría sin gracia. Si tú hicieras de testigo, sería muy bonito para mí.

—Claro que lo haré si me lo pides —dijo tras un silencio—. Pero no podré acompañarte a celebrarlo. Me sentiría fuera de lugar.

Acercó la silla junto a la de él, lo besó en la mejilla y recostó la cabeza sobre su hombro.

—¿Ves por qué te quiero tanto? Porque eres el único amigo de verdad que tengo. Si hubiera tenido algo contigo ya no seríamos amigos.  Los novios no me duran sino dos meses.

—No presumas. Cinco semanas es el máximo que he contado.

—¿Ves? Por eso me alegro de que no te hayas enamorado de mí. De que no hayas tenido esas intenciones.

Arístides Mora asintió, tomó aire y recobró el temple de granito de su papel de profesor de matemáticas inmune a banalidades, su aura diáfana de perito en imbecilidades sobre el amor.

Llegado el día, se cortó el pelo, vistió un traje y una corbata, acudió al juzgado, y aguardó ajeno al bullicio del nutrido grupo de los que la acompañaron. Mantuvo el tipo mientras el juez hablaba y él hacía de novio en representación de otro. Con la mente extraviada en el fondo infinito, se preguntó si la vida no hubiera sido mejor sin haberla conocido. Tenía la respuesta: aun de tan penosa manera el amor llenaba su vida. Habría preferido morir que dejar de amarla, incluso el día en que se casaba con otro. La observaba al firmar los papeles. La secretaria del juzgado que asistía al juez supo lo que sentía. Había visto de todo en las bodas civiles, excepto tantos reflejos de amor en una mirada ausente.

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