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Un lugar sobre el arcoíris
Los amores perdidos
Los amores perdidos

Cuento con moraleja sobre el agradecimiento

Cuento con moraleja sobre el agradecimiento

Cuento con moraleja sobre el agradecimiento

Cuento con moraleja

Cuento con moraleja

Casa en Vilaflor (no es el pueblo del relato Cuento con moraleja)

Nunca me agradó demasiado el cuento con moraleja, al menos en aquel caso en que la moraleja era demasiado obvia, pero no quiero evitar escribir sobre este, dado que guarda para mi un recuerdo entrañable. El hombre que me lo relató se llamaba Domingo y fue el mejor compañero de trabajo que he tenido, no sólo en aquel que compartimos, sino de cuantas ocupaciones y compañeros he tenido durante toda mi vida. Era mucho mayor que yo, estaba a punto de jubilarse y yo apenas echaba a caminar, de modo que el consejo era para él fácil dármelo y para mí  recibirlo. Siempre estuve atento a los suyos y cuanto más me acerco a la edad que él tenía por entonces, más seguro estoy de lo prudentes y acertados que fueron. De dos me insistía casi a diario: uno, que el hombre que no consigue una buena compañera nunca llega a ser sino una mitad de hombre; y dos, que es obligado ser buena persona, pero hay que poner mucho esmero en la observación, afinar mucho el oído y tener bien entrenado el olfato para apercibirse pronto de las señas que identifican al aprovechado. La última vez que lo vi nos despedimos con un abrazo, y ya desde lejos me lo recordó por última vez: “Ten presente el cuento que te hice de los dos hermanos”, me dijo, “que a ti te hará mucha falta lo que ese cuento enseña”.  Me lo había contado como cierto y nunca he puesto en duda que lo fuera:

Tuvo que ser por la década de los 50 o 60, no más. Dos hermanos con diferencia de diez o doce años de edad uno del otro, según me situaba la historia el amigo Domingo. Gente del pueblo, trabajadores y pobres como casi todos en aquellos años. El mayor conducía un pequeño tractor y el más joven, acudía como peón donde le pedían. Al mayor lo definía adusto, indolente y más bien bruto; del menor dijo que era cauteloso en la forma, de temple muy firme, trabajador y un tanto solitario. “Con decirte que llevaba siempre una novela en bolsillo y que prefería sentarse a leer donde nadie lo molestara, ya te haces idea de la clase de muchacho que era”.

El mayor se echó de novia a una chica del pueblo cuya familia apenas se saludaba con los vecinos, a los que tenían por menos. Cerca de la casa donde vivían, los padres cedieron un terreno para que la hija pudiera levantar la suya cuando hubiese fecha de la boda. Y allí empezó el hermano menor a echar horas de trabajo, para ayudar al mayor, los días en que no lo llamaban de otro lado. De tanto ir y venir, había aprendido de todo un poco, y empezó cavando cimientos, siguió amarrando hierros para el encofrado y apuntalando pilares y vigas. Mientras el otro, beneficiario de la obra, se ausentaba con los pretextos más artificiosos, el pequeño levantó paredes y tabiques bloque a bloque, se deslomó con el yeso enluciendo paredes y techos, trabajó como las mulas subiendo sobre sus espaldas bloques, sacos de cemento, baldosas y materiales a la segunda planta. Hizo el embaldosado y la azulejería de toda la vivienda y aun trabajó para abaratar el precio del fontanero y del carpintero, haciendo de ayudante de ellos. Y todo lo hizo de balde, sin recibir un céntimo del hermano ni para la comida. La noche de la boda estuvo presente, pero alejado del resto de los invitados, provenientes todos del lado de la novia. De pie en la última fila en la ceremonia de la iglesia y casi escondido en el banquete, sentado solo y aparte en una pequeña mesa, en la cocina de la casa que él había levantado con sus manos, y en la que nunca más volvería a poner el pie porque nunca fue invitado a hacerlo, ni por la cuñada, que apenas lo miraba alelada sin decirle ni buenas, ni lo que más le dolía, tampoco por el hermano.

Tenían un tío en Venezuela o Méjico, nunca me quedó claro, con el que el pequeño se carteaba. El hombre le pedía por último que fuese a verlo porque sentía que la vida se le iba. Sin un trabajo decente y sin porvenir a la vista, decidió emprender el viaje, y le pidió al hermano mil pesetas que llevar en el bolsillo para los contratiempos del viaje. El mayor, que había interpuesto a la decisión toda clase de trucos y coacciones, se despachó:
—Que lo que yo te digo es en beneficio tuyo. Porque donde tú te quieres ir allí no pintas nada. Te lo digo y lo repito por tu bien, porque a mí, que te vayas lejos, me beneficia mucho. Así dejo de tirar de ti, que me he pasado la vida venga a arrastrar y arrastrar del hermano. Ahora, que las mil pesetas no te las doy. ¿No quieres irte?, pues que el viento te lleve lejos.

A pesar de que tenía motivos suficientes para no hablarle al hermano, escribió los primeros años contándole sobre la salud del tío y para decirle lo fácil que era ganarse la vida en aquella nueva tierra. Al cabo de los años regresó con una fortuna y las cenizas del tío en una urna que depositó en un nicho del cementerio. Y no fue hasta que se mostraron signos de que su estancia en América había resultado más provechosa de lo que él contaba, cuando el hermano mayor comenzó a rondarlo en círculos. Incluso la cuñada, la que nunca quiso dirigirle la palabra ni para saludarlo, hablaba cosas magníficas de él con la gente del pueblo, como preámbulo de un plan concebido de antemano, cuyo fin era fácil imaginar.

—Mira, hermano, que echando bien las cuentas, ahora que la suerte te ha dado tanta ventaja, me figuro que no tendrás reparo en favorecer al que tanto cuidó de ti cuando eras chico. Pues te digo, que el patrón dueño de los camiones que me da trabajo, se retira. Está vendiendo dos camiones por poca cantidad. El que conoce el trabajo soy yo, así que he pensado en comprarle los camiones y hacerme dueño del negocio. Claro que hay que pagarle lo que pide y estuve haciendo números con el del banco. Que dice que si tú me firmas, él me pone tres millones de pesetas en la mano para cerrar el negocio. Conociéndote, ya le dije que contara con eso, que de ninguna manera cabe pensar que tú no compartas con tu hermano una poquita de la suerte que la vida te ha regalado. Que es de bien nacidos el ser agradecidos.

—Claro que sí— respondió el otro—. Por supuesto que al hermano hay que ayudarlo siempre, si es que uno ha respetado a su madre. A fin y al cabo es dinero. Y tres millones no me harán ni tantito menos rico, escucha lo que digo. Lo que pasa es que al hermano es mejor ayudarlo mirando más a lo que necesita y menos a lo que pide, porque cuando el hermano no tiene cabeza es mejor pararlo antes de que haga los disparates. Pero no es esa la cosa. La cosa es que uno debe tener motivo hasta para rascarse un picor. Y la verdad es que yo contigo no tengo motivo que me anime. Te acordarás de cuando te pusiste de novio y empezaste a levantar la casa que ahora tienes, que al final tuve que ser yo el que la levantó porque a ti todas las tardes te salía una ocupación. Tuve que ser yo el que se cargó sobre estos hombros cubos y cubos de la arena y cemento, bloques, pisos, tejas y todo lo que hizo falta, durante meses en los que no me traías sino pan con aceite, y a veces, que no siempre, un poco de panceta. De no ser por el poquito de gofio que yo mismo llevaba ni el hambre se me habría aliviado, y tú tan contento viendo caminar la obra. Esa suerte, como tú la llamas, esa que dices que me cayó del cielo, no fue sino el provecho que le saqué a los cuatro o cinco oficios que tuve que aprender y las penurias que tuve que pasar durante los más de dos años que trabajé como un animal para que tú pudieras tener techo y casarte. Y ahora vienes a restregarme no sé qué de los agradecimientos. Tú, que cuando yo te lo di todo hecho me escondiste el día de tu boda, para que no se afrentara de verme la familia de esa mujer tuya que nunca ha sido capaz de decirme ni palabra, y que no te digo que se parece a una mula por respeto a las mulas. Tú que no fuiste a despedirme al barco y que de las mil pesetas que te pedí me diste cien y de limosna, ¿vienes a hablar de agradecimiento? De eso puedo hablar yo , hermano. Porque si los descalabros, los sacrificios, el hambre y las penurias que me costó que tuvieras esa casa, ni siquiera los  viste, ¿quieres decirme en qué me agradecerías que firme en un papel, o que te dé tres millones que ni me cuestan nada ni nada me importan? Nada agradecerías porque cada quien hace lo que sabe hacer, y tú mucho sabes de sacar provecho del que nada tiene, pero nada sabes de haber hecho nada por nadie.

Según Domingo concluyó el cuento, parece que el pequeño compró los camiones para que el mayor no perdiera el empleo, pero trabajando para él. Sí que me hizo falta en la vida recordar al amigo Domingo y sus cuentos. En especial este. Muchas veces he visto desde entonces, incluso en personas que se consideran agradecidas, que se valora el favor más por el beneficio que se haya obtenido que por lo que haya tenido que sacrificar quien lo ha hecho.

4 comentarios en “Cuento con moraleja sobre el agradecimiento

  1. Mary Saavedra Fernández

    Muchas gracias por compartir estas histórias Miguel,por un motivo o por otro,siempre haces que nos quedemos pensando en tus escritos,es imposible quedarse indiferente y eso no se consigue tan fácilmente.

  2. Miguel

    Muchas gracias a ustedes por entrar a leerlo, por compartirlo en Facebook y por hacerme llegar estos comentarios. De esa manera sé que alguien lo lee. Aunque lo cierto es que estoy teniendo cada vez más visitas en la página, siempre me alegro de ver a los viejos conocidos.

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