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Los amores perdidos
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Método del milagro, usos y costumbres

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Método del milagro, usos y costumbres

Se presentaron Avelina y Elpidio, los llamaremos así, a visitar una propiedad que los padres de ella les cedían para que pudieran levantar una casita y casarse. En los días siguientes Elpidio se puso a la faena, siguiendo letra por letra el reglamento de rigor para quien quisiera pasar a la mejor vida del matrimonio y hubiera llegado al acuerdo con la parte contraria. El noviazgo debía durar más o menos siete años y ser mantenido con público conocimiento, para que fuese bien visto por la concurrencia, según la antigua norma que tenía bien pensado y distribuido el reparto de papeles entre hombre y mujer. La norma preferida y más aconsejada era que él levantara, a ser posible con sus manos, una casita donde llevar a la mujer, en algún pedazo de tierra proveniente, según tradición, de herencia o donación familiar. De manera que mientras Elpidio se dejaba el lomo en levantar las cuatro paredes, ayudado de padre, hermanos y parientes, Avelina cosía y atesoraba el ajuar.

El método del milagro

El método del milagro

Durante meses estuvo Elpidio haciendo los cimientos, metro a metro, porque el revuelto lo llevaba con una carretilla y las tardes no daban para mucho. A continuación tocó cavar un pozo, a pico y pala, sacando cestos de piedras y tierra con la sola ayuda de una carrucha. Le llevó más de un año de esfuerzo y desesperación, porque no existía modo de saber si habría éxito en el empeño, ni a cuánta profundidad lo hallaría. Una tarde los gritos convocaron a la vecindad en el camino. “¡El volcán!, ¡el volcán! !Elpidio ha encontrado volcán¡”. El volcán era el medio de evacuación de las aguas fecales en las construcciones rurales y seguro que en gran parte de las urbanas. Como el subsuelo canario está repleto de cavidades volcánicas, se horada hasta hallar una oquedad, se eleva una plegaria a la providencia para que no se trate de un fiasco y drene las aguas negras sin colapso, con una sentida disculpa a la capa freática. “¿Qué es la capa freática?”, parece que alguien preguntó y otro que andaba cerca se paró un instante, carraspeó para aclararse la voz, se humedeció los labios, afiló la mirada y respondió con aire de suficiencia: “¡Cosas de gente fina!”

Un año después, Avelina con su madre y sus hermanas, pasaron revista a los dos cuartitos, la cocina, el  cuarto de baño y la huerta. Aquella misma noche, en la casa de los padres fijaron fecha para la boda. Celebraron una ceremonia sencilla, tan humilde que los invitados al banquete debían contribuir a él con lo que podían, pero que se recordaría como una de las mejores. Y comenzó el matrimonio. Elpidio había sido trabajador y ahorrativo. Puntual en las visitas de noviazgo de los jueves y los domingos, respetuoso y servicial con los futuros suegros, cordial con los futuros cuñados y tierno con Avelina. Y lo fue durante los primeros meses, hasta la tarde en que prefirió quedarse en la cantina jugando al envido, y dejó a Avelina vestida con la ropa de los domingos, esperando durante horas, para la visita que habían acordado, en la que anunciarían a los padres de ella que estaba embarazada. La reprimenda a Elpidio fue de las buenas, pero allí decidió que ya no quedaba pastel de boda y aclaró quién mandaba en el aquel negocio, por el procedimiento de las bofetadas, el método del milagro, que tanto le habían aconsejado como medio más eficaz de mantener la paz conyugal.

Creyó que aquello funcionaba y siguió atento a ese camino. Regresaba del trabajo, se aseaba y miraba a la enfurruñada mujer. “Cuando quites la cara de mula a lo mejor me entran las ganas de estarme más rato contigo”, le decía antes de salir. No volvía sino horas después a veces pasada la medianoche. Y creyó que aquello funcionaba tanto que parecía un milagro. Entonces el comportamiento de Avelina sufrió una brusca transformación. Esperaba a Elpidio con la mejor comida y la disposición de una esposa tan complaciente como no lo había sido ni en los días anteriores a la noche de la tormenta. Se le fueron disolviendo los pequeños aunque notorios moratones, mientras Elpidio, ya ferviente adepto del método, subía el tono y bajaba la guardia. Un mediodía la encontró vestida como de fiesta, para agasajarlo con el almuerzo más espléndido que él recordaba y en ese momento estuvo seguro de que el método funcionaba mejor que un milagro. Nunca pudo explicarse cómo despertó en un coche, enloquecido de dolor, con una toalla alrededor de la cabeza y camino del hospital. Lo devolvieron vivo, y eso sí que fue de milagro, con un vendaje, unos analgésicos, la orden de guardar reposo y tan atarantado que daba cosa verlo. Es que el método del milagro no tiene lados buenos, se desparrama y no hay manera de recoger el destrozo.

—Asustadita fui a llevarlo al hospital —le contaba Avelina a mi madre—. Mira que si se me muere. Pues no sé si fue que entró en razón y volvió a ser como antes de la boda o que lo dejé descompuesto, sin arreglo y tonto de por vida, pero nunca se le ha ocurrido volver a levantarme una mano. Ni ha vuelto a tener gusto para jugar a las cartas, ni para estar mucho fuera de casa. Y de trato se me quedó tan amoroso que hemos tenido un matrimonio que da gusto contarlo.

Y es que del método del milagro Elpidio descubrió que es del todo desaconsejable, porque tiene dos asas, una por cada  lado. Esa condición a la que el término amoroso se refiere, según el diccionario de la RAE, la de ser fácil de trato, suave, templado y apacible, hay quien la ha ganado de un sartenazo. Como Avelina no tenía amparo, ni de la ley, ni de la costumbre ni del uso, tuvo que remediarse con una sartén. De las de antes, de aquellas buenas de hierro.

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