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Los amores perdidos
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El puente sobre el río Kwai

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El puente sobre el río Kwai

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El puente sobre el río Kwai

Elegí esta excelente película, El puente sobre el río Kwai, para verla en estos días y hablar de ella en el muro del amigo Luis Pérez Rízquez, porque en mi recuerdo fue la que, de verdad, me hizo descubrir lo que es el cine. Las películas habían sido entretenimiento y asombro, algo que estaba para pasar un buen rato, hasta el día, con doce o trece años, en que fui a ver por vez primera El puente sobre el Río Kwai y aconteció para mí el milagro del cine. No recuerdo en qué sala fue, aunque es seguro que en una reposición de verano, en algún cine barato, y es probable que repitiera la visita para verla un par de veces.

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El puente sobre el río Kwai

En la primera escena, en la que se aparece Alec Guinness, preso y casi en remiendos, pero con la altivez y la dignidad entera de su rango, al frente de una tropa famélica, sucia, en harapos y descalza, que fue ocupando toda la pantalla, guardando su cadena de mando y silbando la alegre canción que allí se hizo mito, para demostrar al enemigo que cautivos, enfermos y extenuados sí, pero de ninguna manera derrotados. Y Alec Guinness, espera en posición de firmes, observando con una mirada de silencioso orgullo, la férrea disciplina que mantienen los hombres, incluso en su estado de penuria. Los que van llegando aguardan por los otros, marcando el paso en perfecta formación de orden cerrado con las botas desechas. Y es en ese punto preciso, cuando la orquesta comienza a arropar la cancioncilla desafinada que silban los hombres con los primeros compases de la banda sonora, cuando un escalofrío me recorre y siento que una mano invisible me elevaba a una esfera superior de la conciencia para hacerme descubrir lo grandioso que es el cine.

Desde entonces hasta hoy he visto la película al menos un par de veces cada año, y siempre me ha erizado el vello y me he vuelto a sentir en deuda con quienes la hicieron posible. Porque le debo a Pierre Boulle, el escritor, que concibiera la historia, como le debo a David Lean, el director, a Malcolm Arnold, el compositor que prendió en mí la mecha con su música, a los guionistas Michael Wilson y Carl Foreman, y por supuesto, a Alec Guinnes, a William Holden, Sessue Hayakawa, Jack Hawkins, James Donald y a todos los actores secundarios que encarnaron a los personajes, el significado de lo que ha sido para mí El Cine, dicho así, con mayúsculas. El Cine, el que, junto a los libros, me ha regalado los mejores momentos de la vida.

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