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Los amores perdidos
Los amores perdidos

Noche de pesadilla

Noche de pesadilla

Noche de pesadilla

Noche de pesadilla, relato breve

Era una joven hermosa, de buena familia, una niña bien por la que él hubiera hecho hasta la cosa más jodida, con tal de ganar el derecho de pasar un rato con ella. Cualquier rato que ella le diera, que no esperaba que fuese, por necesidad, de sexo encarnizado. Le habrían bastado unas horas de simple conversación, una sencilla amistad de confidencias recíprocas, que de vez en cuando le permitiera cogerla de la mano, incluso compartir la vida, ¿por qué no? Y es que ella le hacía creer que lo dejaría elegir entre cualquiera de esas posibilidades si él se decidía a intentarlo. Pero aquella no era más que una vieja treta de crueldad, y cuando él al fin se decidió, descubrió que el propósito único de aquel falso interés no era otro que la vieja humillación. Y una vez que lo consiguió, nunca más le dirigió la palabra, ni siquiera para decirle un hola o un adiós. Al contrario, cuando coincidían, estiraba el cuello, miraba al frente y dibujaba una sonrisa de burla que él tuvo siempre por la más dolorosa de su vida.

Noche de pesadilla

Noche de pesadilla

Nunca la perdonó, pero fue más inclemente consigo mismo. Por dejarse engañar, por haberse puesto al descubierto frente a ella, por ser tan iluso que no quiso ver los obstáculos de dinero, clase social, familia y mala condición humana que se interponían en su ridícula pretensión. Incluso al cabo de muchos años, tenía que hacer un esfuerzo grande para apartar el pensamiento de aquel error de juventud tierna, que cargaba sobre la conciencia sin la misericordia del olvido.

No volvió a encontrarla sino muchos años después, en una madrugada infausta, durante unas vacaciones, en una ciudad a miles de kilómetros. La encontró tirada sobre el asfalto en un callejón inmundo y maloliente, ciega de cocaína y cataléptica a causa del amasijo de alcohol y pastillas que había ingerido por iniciativa propia o engañada por alguien en quien había confiado. La atendió sin saber que era ella, como hubiera a tendido a cualquiera en sus circunstancias, pero no le costó esfuerzo reconocerla. Chorreaba entre las piernas la asquerosa baba de los cuatro o cinco rufianes que se la habían beneficiado, sobre la acera barnizada de orín de perros, ácido de vómitos y meadas de borrachos. La limpia como puede, le recompone la ropa  y consigue ponerla en pie y hacerla caminar hasta donde encuentra un taxi. El domicilio que ella ha conseguido farfullar está en un arrabal sin luces ni ley en el que el taxi no se atreve a entrar. En una calle llena de basura ella señala una puerta. Un tipo gordo en camiseta de asillas sale de otra puerta para increparlo por haberle interrumpido el sueño a tan altas horas de la madrugada. “No se haga ilusiones”. Le dice. “Es una guarra, yo soy lo único que tiene. La dejo vivir aquí, pero ya sabe cómo son las cosas, el que algo quiere algo le cuesta”. Lo dice para darle a entender que el precio del alquiler que ella debe pagar es dejarse trajinar cada vez que a él se le antoja.

La casa, a la que el gordo lascivo se ha referido, son dos cuartuchos inmundos. Uno hace a la vez de cocina y cuarto de baño. Sobre la mesa hay platos y cacerolas usadas, con residuos de comida ya enmohecidos. Entre la ropa, amontonada en el suelo y sobre la cama, no se ven prendas limpias. La desnuda, la lava con dificultad, le adecenta el pelo con un cepillo y se lo ata con un cordón. No encuentra ropa interior limpia y le pone por encima una camiseta, antes de meterla en la cama. Ella va llegando a la realidad en intervalos,  “¿quién eres?”,  pregunta cada vez, y él no responde. ¿Para qué? Pronto queda dormida. Le deja algunos billetes donde piensa que sólo ella podrá encontrarlos y echa un último vistazo a la estancia nauseabunda, el espacio de podredumbre y muerte donde ella concluye la vida, sin saber que lo hace. Cierra la puerta y se marcha de allí, con el recuerdo de aquella noche de pesadilla. Sabe que nunca olvidará, pero al fin ha podido perdonarse. Y también a ella la ha perdonado.

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