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Los amores perdidos
Los amores perdidos

El hechizo de Gabriel García Márquez

El hechizo de Gabriel García Márquez

El hechizo de Gabriel García Márquez

El hechizo de Gabriel García Márquez

Eterno homenaje en su memoria

El hechizo de Gabriel García Márquez

Eterno homenaje a su memoria

Sin saber que aquel desconocido sería una de las personas más importantes en mi vida, caí en el hechizo de Gabriel García Márquez en la Semana Santa de mis quince años de edad, cuando hallé en una bolsa de basura mi primer ejemplar de un libro escrito por él. Para evitar el dispendio de dos días seguidos de asueto, alguien me buscó quehacer en una de las empresas que atendían la limpieza de los aviones en el aeropuerto, en la que me encomendaron poner en orden un pequeño almacén. Allí, rebuscando en el interior de una bolsa llena de revistas viejas, escritas en idiomas indescifrables, llegó a mis manos lo que quedaba de un libro delgado, sin tapas, mutilado de las dos primeras páginas de texto y con las dos últimas hojas a punto de desprenderse, pero escrito en español. Lo leí aquel día y el siguiente, y me hizo pasar una de las mejores semanas santas que recuerdo; supe, tiempo más tarde, que se titulaba La hojarasca. Pocos meses después, durante el verano, también rescatado de la basura que un vecino iba a tirar, conseguí un ejemplar de Cien años de soledad. “Quédatelo”, me dijo. “Como tú le entras a todo, a lo mejor a ti te gusta”. Por la edad, no tenía yo la madurez suficiente como lector y fracasé en los tres primeros intentos de lectura, pero siempre que desistí lo hice con la determinación de entablar una relación futura muy intensa con aquel libro. Empecé a atar cabos sobre el autor cuando leí, uno o dos años después, El coronel no tiene quien le escriba, y tuve la certidumbre de que tenía origen en la misma mente genial que el ejemplar maltrecho, que yo, con veneración, guardaba escondido en mi parte del ropero, y que el destino había traído a mis manos desde un lugar ignoto del mundo.

Por fin, con la edad de veinte años, también en Semana Santa, la anterior a mi licencia en el servicio militar, hice la primera lectura completa de Cien años de soledad, que en realidad fueron dos seguidas, porque cuando terminé con la última página, regresé al principio épico en que se cuenta que muchos años más tarde, el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo,… y la volví a leer de un tirón, sin hacer una pausa ni mientras comía.

Desde entonces, me fui convirtiendo en un perseguidor sin condiciones de cuanto llevara el nombre de Gabriel García Márquez, conciliando las lecturas de lo que podía conseguir con su firma, y entreverando algo, confieso que poco, de escritores españoles, y bastante más de la fascinante eclosión latinoamericana. Era la edad de la relación más feliz con los libros, cuando se lee para extraerles lo que otorgan de beneficio más inmediato, el entretenimiento, su poder de transportarnos durante unas horas a mundos que duelen menos que el real. Sin embargo, cuando se comienza a preferir temas y autores, es ineludible establecer comparaciones. En las mías, siempre, sin excepción, el Maestro quedaba arriba; era aceite cristalino flotando sobre el agua, a veces turbia, que estaba debajo. Gané mucho con él, pero hube de pagar el precio de quedar tan encandilado que todo lo escrito por otros me pareciera desvaído y opaco, hasta el momento nefasto en que el mundo de los libros se quedó dividido para mí en dos hemisferios, uno de los cuales era habitado por todos los escritores que eran o habían sido y el otro, por Gabriel García Márquez, el Maestro, solo, fulgurando en las alturas. Al menos durante dos décadas apenas pude leer alguna cosa suelta, en el ámbito de la narración, que no estuviese escrita por él, por lo general de clásicos anteriores. Sobra decir aquí que empecé a escribir impulsado por su influjo, porque esa otra historia merecerá mejor momento para ella sola.

Ahora, el Maestro nos ha dejado, envuelto en la devoción y el amor de millones de almas, seguras de que nuestra existencia ha sido mejor gracias a él y sus historias fascinantes. Yo me quedo con algo más. No sé bien si debo tomar como lo más natural del mundo, o por el contrario, con asombro, que se haya marchado en otra Semana Santa, la época del año en que me enredé en su telaraña las dos primeras veces. Después de tanto releerlo, creo que tengo el derecho a parecerme a cualquiera de sus personajes y puedo pensar que hizo su última travesura dedicada a mí; que era a mí a quien advertía, cuando se puso a escribir que Úrsula Iguarán, muerta en otro jueves de Semana Santa, no parara de lamentarse durante toda la vida, de que el tiempo diera vueltas sobre sí mismo, para obligarnos a pasar una vez y otra por las mismas calamidades.

Hasta pronto, Maestro. Nos veremos en Macondo, donde te hallaremos partiéndote de la risa de haber conseguido, gracias a tu genio inmortal, que una estirpe condenada a cien años de soledad, ahora y siempre, por los siglos de los siglos, tenga una segunda oportunidad sobre la Tierra. Hiciste menos efímera nuestra existencia. No es poca cosa. Gracias por ello.

0 comentarios en “El hechizo de Gabriel García Márquez

  1. Ana García-Ramos

    En mi caso, Miguel, fue leer”Los fuenerales de la mamá grande” lo que me hizo quedar echizada por este grandísimo escritor. Más tarde sucumbì de nuevo al leer “Cien años de soledad” y “El coronel no tiene quién le escriba”. Quedé desde entonces atrapada en aquella atmófera, calurosa, desasosegante y mágica de Macondo. Un lugar a donde se ha de volver para saber lo que es la buena literatura.

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