Destellos y penumbras
Un lugar sobre el arcoíris
Los amores perdidos
Los amores perdidos

En memoria de Miguel Borja

En memoria de Miguel Borja

En memoria de Miguel Borja

Te has ido igual que llegaste, sin aviso ni ceremonia. Tan de improviso como la tarde en que apareciste en la puerta de la oficina, sonriente y emocionado, para decirme que me buscabas desde hacía veintitrés años.

Miguel Borja

Miguel Borja

A esas alturas de la vida, yo no estaba para dejar que se me revolvieran los posos del alma; tenía mis puentes alzados y todavía hoy no puedo explicar cómo hiciste para disolver tan pronto mis recelos, porque te bastaron unos minutos de conversación para que me sedujeran tus maneras afables, tu natural espontáneo, la calidez de tu sonrisa, tu trato sin aristas ni dobleces, tu franqueza, que pronto descubrí era la cualidad que mejor te definía.

Ya desde aquel día, me sentí un poco menos solo. Tuve siempre un amigo, un teléfono al que llamar, seguro de que al otro lado respondería la voz entrañable de alguien que acudiría siempre para compartir conmigo la alegría, cuando ésta fuera posible, pero si no lo era, para compartir también la tristeza. Dos meses después, habíamos tenido apenas un par de ocasiones para charlar delante de un café o una caña de cerveza, cuando te encontré por casualidad en Santa Cruz, al término de un día fatigoso. Te acercabas a lo lejos por la misma acera, en el puente del mercado, dedicándome una sonrisa tan ancha que, de pronto, se me olvidaron los sinsabores del trabajo y el agobio y la tarde se me hizo amable. Supe entonces que había caído en tu embrujo, que había empezado a quererte y que en adelante nada podría evitar que lo hiciera. Así fue. Tanto que el único reproche que recuerdo haber tenido para ti era el de que cuando me llamabas para invitarnos a tu casa para pasar un rato con tu mujer y tus hijas, nos encontráramos que debíamos compartir la compañía con un montón de desconocidos. Porque te dabas con tanta generosidad que lo pasabas fatal si sentías que alguno te faltaba, y no eras capaz de ausentarte ni diez minutos a hacer algún recado de última hora, aunque sólo fuera ir a por hielo a la gasolinera, sin que hicieras dos amigos nuevos, a los que muchas veces traerías contigo.

La vida no fue fácil para ti. Tal vez porque te hizo pasar por momentos terribles, no dedicabas a referir lo malo más que un par de palabras, apenas una frase inconclusa, pero te detenías en aquello que por grato y feliz pensabas que merecía la pena; lo alargabas para contarlo con sus pormenores y adornarlo con tu risa, regalándonos aquellos buenos momentos con los que siempre te identificaremos. De esa particular sabiduría tuya, tengo en carne viva las últimas frases que compartimos. Te pregunté cómo te iba el trabajo y me respondiste que “como a todos, muy jodido y muy poquito”, pero te iluminaste para darme la noticia de que estabas entrenando a un equipo de fútbol. “Un equipito de chiquitines. Se equivocan mucho, pero le ponen más ganas que los profesionales de los equipos grandes. Todos quieren ser como Casillas”. Lo contaste tan orgulloso de ellos como el propio Vicente del Bosque debió estarlo de los suyos la noche en que la Roja ganó el mundial.

Nos has dejado. Al fin, el corazón grande que repartías a diestro y siniestro, que entregabas sin medir hasta al ser más infeliz que te encontraras al paso, te faltó para ti mismo. Y has desaparecido, de un zarpazo brutal, a un día de que llegara el invierno que será él más frío y largo de nuestras vidas; hemos quedado zozobrando en el vacío de tu ausencia, negándonos a aceptar que nunca más volvamos a estar contigo, deseando creer que algo nos permitirá llegar donde tu estás cuando tengamos que retirarnos. Allí estarás cuando nos llegue la hora: “Miguel Borja, ¡claro que sí!”, nos dirán cuando preguntemos, “No para la pata, pero no hay pérdida. Siga hasta el fondo y pregunte a cualquiera por él”. Te encontraremos en un campo de fútbol porque te habrás arreglado para entrenar un equipo de angelitos menudos, en el que ni uno solo se sentirá suplente, porque hasta al más torpe de ellos le habrás dado tanto cariño que se sentirá el más importante del equipo. Y a todos les habrás enseñado que se va al campo a divertirse, a pasar la tarde con los amigos, y que nunca se pierde un partido cuando se ha pasado un buen rato jugando.

De alguna manera que no puedo explicar, esta despedida final fue como todas las tuyas. Nos ahogabas con tu abrazo y luego dejabas la mano sobre nuestro hombro durante un rato muy largo, como diciendo que tu cariño no terminaba allí sino que se iba siempre con nosotros. Hasta podríamos jurar que por la manera de irte, sin decir adiós, nos has gastado la última de tus bromas. Al final, a tu manera y con tus mañas, vas a estar presente en todas las fiestas de nuestras vidas, porque nunca podremos dejar de recordarte, obligados a hacerlo como a ti te habría gustado, sin tristeza, como tú eras. Estoy seguro de que no te defraudaremos porque nos será fácil pensar que si alzamos la vista te veremos sonriéndonos desde la puerta.

Brindaremos por ti, querido hermano.

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