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Los amores perdidos
Los amores perdidos

Relato de terror

Relato de terror

Relato de terror. Un futuro próximo es posible que nos devuelva una pesadilla que creíamos olvidada

Trata de un desgarro en el tiempo, de la vuelta a un mundo de horror. Ojala sea sólo eso: un mal sueño.

María. Diecisiete años. Bonita, buena estudiante, en el siguiente curso entrará en la universidad para estudiar Química. Sueña que un día será investigadora y trabajará para encontrar un método que permita degradar los plásticos. Es hija de una madre sin criterio que vive extraviada en su diminuto mundo de insignificancias domésticas y de un padre autoritario y brutal, con menos criterio aún, convencido de que ser buena persona no tiene nada que ver en no comportarse como un canalla, sino en ir a misa y rezar mucho. Al término de la fiesta de fin de curso, en un escarceo de amor, María quedó embarazada de un muchacho tan inexperto como ella en sexualidad. Es claro que ella no puede permitirse que lo sepan en casa. Seis meses antes habría podido encontrar ayuda, pero ahora necesitaría el con­sentimiento de los padres para interrumpir el embarazo. Esa es la ley con que Mariano Rajoy Brey les arregló el futuro a muchas chicas en la situación de María, por el beneficio de media docena de los votos de incondicionales.

A diez semanas de la primera falta, tras un calvario de angustia y soledad, María y el muchacho que la embarazó han conseguido reunir el dinero que cobra una inmigrada dominicana que, según se dice en mentideros de Internet, es experta en operaciones de aborto. Es viernes por la tarde. Los padres estarán ausentes durante el fin de semana. En la guagua, sola, muerta de miedo, con poco más que el dinero justo, María acude a un domicilio particular en una calle depauperada del extrarradio, sin saber lo que arriesga. La esperan con todo preparado. Entrega el dinero. De noche, dolorida, rota y desgarrada de todas las formas en que una mujer puede sentirse rota y desgarrada, sale de allí. Le han dicho que todo ha salió bien y le han dado unas palmaditas. No es cierto. Coge un taxi que la deja poco después en una esquina de su calle. A duras penas consigue dar un paso detrás del anterior. Llega a su casa, cruza la cancela y alcanza la puerta, pero no acierta a introducir la llave en la cerradura. Se siente desvanecer. En el suelo, tirada y sola, muere como un pajarito. María ya no podrá estudiar Química. Nunca podrá descubrir ese medio que permitiría degradar los plásticos. El domingo por la tarde los padres la encuentran, con la llave en una mano y el teléfono celular en la otra, porque no le alcanzaron las fuerzas ni para hacer la llamada que hubiera podido salvar su vida.

A menos de cincuenta metros, frente a la casa, en un cartel enorme la foto de un Mariano Rajoy Brey sonriente pide el voto para poder gobernar nuestras vidas y la de miles de chicas como María durante otros cuatro años más.

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